Gonzalo Guillén: Recuerdos de «Alternativa»

La difunta revista semanal colombiana de izquierda Alternativa, cuya vida sin sosiego fue de seis años, nació en febrero de 1974, mientras América Latina se asfixiaba con su propia pestilencia política. El militarismo cubrió la región como una nube negra, densa y enorme, proveniente del golpe chileno de estado en el que, cinco meses atrás, el nazi Augusto Pinochet asesinó al presidente constitucional Salvador Allende, ocupó su lugar e instauró una era de iniquidades fuera de todo orden, ejercidas mediante innumerables métodos de terror que practicaban, por medio de la fuerza bruta y la tortura depurada, el ejército y la DINA, policía política de la dictadura.

En el momento de aquel nacimiento Colombia era gobernada por Alfonso López Michelsen, político y oligarca intrépido, ilustrado y sobresaliente que habría podido ser socialista “si no se le hubieran interpuesto los negocios”, de acuerdo con Gabriel García Márquez, fundador y financista de Alternativa, junto con Enrique Santos Calderón.

La exactitud de la afirmación de García Márquez acerca de esa vocación, real pero malograda por el dinero, pude confirmarla de manera secreta en marzo de 1983, al conocer por casualidad un escrito que López Michelsen envió para que una agencia de publicidad lo incluyera en una enorme “cápsula del tiempo” de acero galvanizado que el periódico El Tiempo enterró en sus jardines para ser extraída en el año 2033 (si es que antes no ha desaparecido por completo el decadente periódico). López vaticinó en su nota que el día en que ocurra la inhumación “Colombia será socialista”. Faltan todavía 13 años para saber si acierta.

Alternativa, cuyo lema era “Atreverse a pensar es empezar a luchar”, fue una apasionada necesidad de lectura para una masa inmensa de colombianos, principalmente jóvenes. Yo estaba para entonces en la universidad y entre varios condiscípulos juntábamos monedas hasta completar los 20 pesos prohibitivos que costaba cada ejemplar, a veces lo leíamos de manera algo mística y en voz alta a grupos enormes y nos rotábamos los ejemplares, estrictamente entre quienes habíamos contribuido para comprarlos, de la misma manera que lo habíamos hecho en el bachillerato con viejos y maltrechos números de Play Boy, que adquiríamos de segunda mano. No pocas veces la lectura en grupo de ciertos artículos de Alternativa era rematada con aplausos triunfales, como si fueran canciones.

Al año siguiente de la fundación de la revista, en mayo, ingresé a El Tiempo, en donde el jefe de redacción, Enrique Santos Castillo, era el padre del socialista y extraordinario columnista Enrique Santos Calderón, director de Alternativa. Santos Castillo, en cambio, era fascista; decían que soñaba con ver algún día desfilar frente al edificio del periódico una invasión de tropas de Estados Unidos bajando entre ovaciones del pueblo por la Avenida Jiménez. Alguna vez despidió de súbito a un muchacho manizaleño y conservador al que recomendé para la sección de Internacional y cuando le pregunté al viejo qué motivo tuvo, rezongó: “Es comunista, ¿no vio la barba que se dejó crecer?”. Se negó a aceptar que el redactor se había dejado de afeitar debido a un áspero brote alérgico que le avanzó hasta los ojos.

En el periódico conservador de Enrique Santos Castillo era pecado mortal concordar con la revista de su hijo Enrique Santos Calderón, pero aprendí a venderle al viejo mi fuerza de trabajo y a regalarle, como lector, mi conciencia a Alternativa, a pesar de que nunca he sido socialista ni comunista. Solamente anarquista y algo liberal.

Nunca dejaré de agradecerle a Santos Castillo que durante el tiempo en que trabajé en su periódico y fue mi jefe me mandó en distintas misiones a recorrer y conocer absolutamente todo el país: desde las montañas de Samaniego (Nariño), o la cueva de los Guácharos (Huila), hasta el parque de Chiribiquete y las ruinas amazónicas de la execrable Casa Arana, así como la corrupción colosal de Turbay Ayala y la manera como el Cartel de Medellín se apoderó del Departamento Administrativo de Aeronáutica Civil por intermedio de su pupilo Álvaro Uribe Vélez, pasando por las mutantes e indescifrables redes políticas que eran y siguen siendo dueñas absolutas de las regiones. Me queda la decepción de no haber escrito en Alternativa sobre todo eso. Jamás escribí allí.

Los países del Cono Sur estaban calados por las leyes marciales de las dictaduras y Colombia entró en las mismas con el Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, instrumento que usó, bajo el estado de sitio, para fusilar inocentes, desaparecer a inconformes, torturar personas para fabricar falsas confesiones y dominar a los medios de prensa mediante el soborno y la amenaza (regalaba taxis y concesiones de televisión para que lo encubrieran). Aquel estado constitucional de terror fue ideal, como ahora, para saquear las arcas públicas bajo el amparo del secreto de estado.

Turbay es el ícono histórico de la corrupción y las tinieblas de la ignorancia. Se levantó administrando un salón de billares en el viejo barrio obrero bogotano de La Perseverancia y distribuyendo cerveza con un camión prestado a lo largo de las cantinas de la vía Bogotá-Girardot. Dio sus primeros discursos en las galleras de los arrabales y en los campos de tejo de Cundinamarca, en los que, al unísono, eructaba fritanga revuelta con refajo y reventaba mechas. Debido a su significado y su aspecto repugnantes, fue objeto de chistes pueriles a granel. Recuerdo dos: cuando compró su primer traje de paño para ir a visitar a los jefes liberales, su esposa hizo que se acostumbrara a usar ropa interior, pero siempre se calaba mal su único par de calzoncillos que poseía y ella le llamaba la atención: ´Julio César, ¡te he dicho mil veces que lo carmelito va atrás!´”. Y el segundo es misógino como la época y el mismo Turbay: Durante un viaje inútil a Europa, recogió a una mujer, le dio cupo en el avión presidencial, la puso a su lado y se dedicó a manosearla, a pesar de que ella forcejeaba para impedírselo y a sus esfuerzos desesperados le agregó a gritos una advertencia para tratar de disuadirlo:

-Doctor, ¡soy lesbiana! -exclamó con angustia.

-No importa, mamita, yo la nacionalizo – contestó el fauno presidencial sin detenerse.

Cuando dos colombianos de más de 50 años se acuerdan de Turbay es frecuente que se sienten durante horas a compartir los chistes que recuerdan sobre él.

Es memorable y deliciosa una crónica que García Márquez escribió en Alternativa sobre los discursos que Turbay pronunció durante un innecesario viaje a México. Al recibir las llaves del Distrito Federal, leyó uno que llevaba entre el bolsillo, en el que dijo por entre las narices, como solía hablar: “Esto no es un permiso para transitar por las calles sino para penetrar en el alma misma de la capital mexicana”.

También, con el objeto de responder a unas palabras protocolarias del presidente José López Portillo, Turbay espetó: “Haber sido objeto de vuestra invitación para visitar México es indudablemente un honor que compromete nuestra gratitud […] Como vos habéis dicho, excelentísimo señor, son muchas las cosas que nos unen […] agradezco muy sinceramente a vuestra excelencia la cordial bienvenida que nos ha dado esta nación, que está cosida a nuestro corazón con los propios hilos del afecto”.

Concluyó así García Márquez su crónica espléndida: “…el problema más grave que tiene el presidente Turbay es que la misma persona que le hace los vestidos (que parecían ser de un muerto más grande que él) es la que le escribe los discursos”.

Acaba de salir a la luz, con el sello Debate, un libro fundamental y exquisito: “Alternativa, lo mejor de la revista que marcó a una generación”. Será lanzado por estos días, en Bogotá. El prólogo y la selección estuvieron a cargo de Enrique Santos Calderón. Lo releí entero, pues la primera lectura la hice en cada número recién salido de la propia revista, hace ya casi 50 años.

Este libro, útil y notable, refuerza mi propia convicción de siempre: la libertad de prensa solamente se defiende ejerciéndola.

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