PanAm Post: Simonovis caminando entre verdugos | Venezuela

Daniel Lara Farías
PanAm Post

«Si algo no tuvo el juicio que nos hicieron, fue legalidad. Estuvo plagado de todo tipo de ilegalidades. Para empezar, la jueza Maryori Calderón Guerrero, no nos olvidemos de ese nombre, era una pieza clave del chavismo. De hecho, su esposo trabajaba con el régimen. Por otro lado, las manipulaciones que se hicieron (…) y este señor, Amado Molina, fue cómplice de toda esta cuestión. Él mismo dijo que era pagado por José Vicente Ranel, que era parte del Gobierno. La fiscal líder de todo esto era Luisa Ortega Díaz, y la fiscal designada era la hermana de Tarek El Aisami. ¿Cómo puede decir alguien que este juicio estuvo dentro de la legalidad, dentro del respeto a los derechos humanos?».

Pasar quince años sin andar por las calles tranquilamente es algo que pocas personas han vivido. Suele ocurrir en países con regímenes autoritarios. La propia Venezuela, en varios momentos de su historia, estuvo llena de ciudadanos que no conocían a sus padres hasta después de adultos, pues no los dejaban entrar a las cárceles donde se encontraban por razones políticas. Muchos tuvieron la ruda situación de ver a sus padres como extraños cuando regresaron a casa, luego de largos períodos de cárcel o exilios. Famosa es la anécdota sobre Alberto Ravell (padre de Alberto Federico) al salir de la cárcel. Tanto tiempo estuvo preso reducido al trato vil de las cárceles de Gómez, que no sabía comer con cubiertos, sentarse en una silla o las mínimas normas de aseo. Lo habían convertido en un pobre hombre cavernario.

Hubo madres que no vieron nunca más a sus hijos, hijos que sabían de su padre por leyendas. La historia de Venezuela está llena de niños llorando frente a las cárceles en fechas difíciles, con visitas negadas. Un siglo y medio de presos políticos, de torturados y de verdugos. De carceleros, esbirros y calabozos. De injusticias, de venganzas y de justicia tardía, que es lo mismo que la injusticia.

«Quince años de prisión. Quince años de persecución a mi familia, quince años que me arrancaron, no es fácil. Todavía me despierto de madrugada, repensando lo que pasé, que viví, lo que pasó y vivió mi familia. Igual no soy una persona que mantiene la visión de la vida viendo por el retrovisor, veo hacia adelante».

De nada sirvió que al llegar cada hegemón político al poder, se dedicara a la tabula rasa histórica del tema, liberando presos del ancien régime y demoliendo las cárceles del oprobio. Demoler La Rotunda de Gómez no acabó con los presos políticos, pues la cárcel El Obispo y La Modelo serían levantadas con los mismos fines de escarmiento. Venezuela tiene una larga historia de demolición de cárceles como intento de borrar la historia que dentro de las paredes de los penales se vivía.

¿Y los verdugos, qué? Pues ahí, siempre. Normalmente, reciclados. Chácharos de La Sagrada, policía represiva gomecista, convertidos en Guardias Nacionales lopecistas. Ejemplo de ello es Pedro Estrada, quien fue director de La Cárcel Modelo en 1941, recién inaugurado el penal. Luego crecería en el escalafón del crimen hasta llegar a ser jefe de la Seguridad Nacional.

Los verdugos en las calles, sus víctimas también

«Me estaba tomando un refresco y tuve la desagradable sorpresa de ver a esta alimaña caminando por las calles de Miami, en chores, relajado. Me le acerqué con el teléfono y le dije: yo tengo que tomarte una foto, yo quisiera saber qué estás haciendo tu aquí. Hubo un intercambio fuerte de palabras. Le reclamé el hecho que él estuviese aquí paseando y haya sido parte de ese juicio nefasto que nos condenó a mí y a otros comisarios y funcionarios a 30 años de prisión por delitos que ninguno cometió. Un tipo que difundió en VTV el teléfono de mi esposa, quien esa noche no pudo dormir de la cantidad de amenazas que le hicieron, esos mismos días le lanzaron una bomba molotov a mi casa».

Iván Simonovis, quizás uno de los policías más conocidos de Venezuela, incluso mucho antes de asumir la Dirección de Seguridad de la Alcaldía Mayor, en tiempos de Alfredo Peña. No se hace conocido por ese cargo, sino al revés: llega a ese cargo gracias a la fama que le precedía, por sus actuaciones al mando de los comandos de acciones especiales de la Policía Técnica Judicial (la respetada PTJ de otrora, que a pesar de sus falencias, era objeto de admiración en cada «cangrejo» resuelto), como aquel que en los años noventa enfrentó a los comando dirigidos por Simonovis con un delincuente encañonando a una mujer embarazada, rodeado de policías y cámaras, negándose a liberar al rehén, dispuesto a matar al rehén.

Y de esa experiencia, Simonovis habla haciendo la alegoría con la Venezuela hoy secuestrada. Y lo afirma sin problemas: «El secuestrador quiere matar al rehén y debemos detenerlo». Es interesante saber esa opinión, hoy cuando ha asumido el cargo de consejero en materia de seguridad, adscrito a la embajada de Venezuela en Estados Unidos. Cargo en el que, además, ni desentona ni desafina, sabiendo que es precisamente su conocimiento el que más requiere un interinato con líderes carentes de conocimientos en el tema que él sí domina.

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