PanAm Post: Mr. Ambassador | Venezuela

Orlando Avendaño
PanAm Post

No nos habíamos alejado más de cuarenta metros de su apartamento cuando ya un joven afroamericano, con ademanes aristocráticos y muy buen gusto al vestir, se quitaba el sombrero para hacer una reverencia y decirle: «Mr. Ambassador, hope you have a nice day!».

Diego Arria no llegó a ser mister ambassador, el que merece una reverencia y el trato, cada tanto, de your excellency, de gratis. Curtido entre las élites caraqueñas, descolló siempre por su agudeza, intelecto y espíritu idealista, casi ingenuo, que siempre lo llevó a convencerse de que no éramos primer mundo, nunca lo fuimos, pero podemos llegar a serlo.

Trazarse el objetivo de convertir a Venezuela en una nación de primer mundo es tan tonto como llevar a Caracas obras de Ionesco o exhibir alguna película de Fellini en un cine de Plaza Venezuela y buscar hacerse rico con ello. Es querer y pedir demasiado. Esperar demasiado de un país que siempre prefirió las telenovelas (trágicas y cómicas) de algún mediocre escritor y locutor venezolano o solo fue al cine a ver drogas, secuestros, disparos o a algún mal y burdo comediante haciendo de James Bond.

Y no es que los otros países sean diferentes. No es que en el primer mundo se decanten por Dostoyevksi en vez de por algún escribidor de autoayuda. No. Pero siempre pensar en mejorar, en volver a una nación entera, una nación. Y que además esa nación sea competente, diestra, versada, documentada, culta, conocedora y no tonta, siempre parecerá idea de románticos, sensibleros y soñadores.

Pero Arria siempre soñó. En 1978, cuando con solo cuarenta años ya había sido diputado, gobernador de Caracas, presidente cel Centro Simón Bolívar y ministro de Información y Turismo, Arria escribió en su libro Primero la gente: 

«¿Cómo será Venezuela dentro de cinco, diez, quince años? ¿Qué país llegará al siglo XXI? A muchos les cuesta pensar en estos términos. Imaginan, por ejemplo, que el siglo XXI está demasiado distante como para que tratemos de anticiparnos a él. Sin embargo, el siglo XXI está tan lejos, hacia adelante, como el 23 de enero de 1968, hacia atrás. En solo 22 años más habremos alcanzado el año 2000.

No solo el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos, sino también nuestro propio futuro inmediato, dependen de que empecemos a enfocarnos en nuestros problemas desde esa perspectiva.

Venezuela tiene, ahora, una oportunidad única, de la cual no dispone ningún otro país en vías de desarrollo: ha logrado reunir la libertad política y los recursos materiales necesarios para transformar su economía y su conformación social. La mayoría de los países en vías de desarrollo carece de ambos bienes, unos pocos tienen libertad sin recursos y otros menos tienen recursos sin libertad.

Este privilegio de Venezuela es, sin embargo, un privilegio condicional: si sabemos emplearlo, construiremos una democracia moderna, desarrollaremos una estructura productiva equilibrada y difundiremos el bienestar social. Llegaremos, de ese modo, al siglo XXI como uno de los países más importantes y estables, con un mínimo de problemas y un máximo de satisfacción social».

Las naciones siempre lamentarán que sus grandes hombres son atesorados en el resto del mundo y no en los países que los vieron nacer. Un complejo histórico que se manifiesta en aquel refrán bíblico de que «nadie es profeta en su tierra». En Boston, sentados, el abogado venezolano José Ignacio Hernández, entonces en Harvard y hoy procurador general del Gobierno de Juan Guaidó, me hizo el símil: «Diego Arria es hoy nuestro Francisco de Miranda». Es preciso y su intención fue la de dejarme claro que no existe hoy venezolano más internacional, que haya comandado más batallas en tierras lejanas, que Arria.

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